Cuando dentro de mí tengo un montón de experiencias y emociones que pugnan por salir, pienso que lo mejor es plasmarlas en papel para poder compartirlas, una vez se hayan convertido en un libro.
Para mí, escribir testimonio es una forma de escuchar mi alma y vaciarla para compartir las emociones sentidas, las vivencias y las experiencias vividas.
A veces, escribir cosas muy íntimas es algo atrevido, pero creo que la sinceridad puede ayudar a otras personas que quizás estén pasando algún momento difícil de su vida y mi experiencia les pueda ser de utilidad.
Escribiendo testimonio, la mayoría de las veces tengo que involucrar en el relato a otras personas que han vivido junto a mí las mismas experiencias. Aunque no suelo describirlas o nombrarlas, siempre les agradezco la libertad concedida por aparecer en el libro y, a su vez, me disculpo por los que no aparecen, siempre sin nombrar ni a unos ni a otros.
Muchas veces me emociono tanto al escribir testimonios que hay momentos en los que la emoción me embarga por el recuerdo de volver a revivirlos, y suelo escribir llorando. Es una sensación muy especial, como si tuviera el corazón latiendo al ritmo de mi pluma o tecleando el ordenador. Entonces dejo que las lágrimas fluyan y, con la mirada nublada, sigo escribiendo convencida de que es mi alma quien se expresa en esos instantes. También es un momento de gozo. Más tarde, al releer lo escrito, me convenzo a mí misma de que era mi espíritu el que tecleaba…
Es de una felicidad grande sentir que hay alguna fuerza exterior que me anima a contar historias vividas, a veces con dolor e impotencia, otras con alegría y compasión, pero siempre con todo rigor, la crudeza o la ternura que merecen, y volcando toda la sensibilidad de que soy capaz.
En mis escritos siempre comparto reflexiones y certezas que aparecen de mis experiencias vividas, ya sea como enfermera en el mundo de la cooperación sanitaria, como madre, esposa o hija, o como viajera del mundo con mochila. La vida en sí misma es una gran escuela donde aprender.
Mi objetivo final jamás es el de pontificar o influir en la creencia o pensamiento de alguien, sino todo lo contrario: siempre es el de invitar a la reflexión, para, a ser posible, dar pie a cruzar una frontera física que ayude a generar una pequeña transformación interior.
Al escribir «¿Cuando nos vamos, a dónde vamos?» he querido mostrar tanto las cuestiones del duelo o la pérdida, como también hablar del otro lado, el lado de allá: ¿Qué hay después? ¿Hacia dónde nos dirigimos cuando traspasamos el umbral? Ambas cuestiones están plasmadas de forma muy personal, relatando autobiográficamente mi vida con las personas de mi entorno que han marchado estando yo con ellas.
Al escribir «Descubriendo el Corazón de la Tierra», hablo en voz alta sobre la vida, las desigualdades e injusticias, las prioridades que tenemos y, sin duda, sobre el papel que todos podemos y debemos desempeñar en este mundo, una vez descubierta nuestra vocación, a ser posible con una actitud abierta hacia lo que la vida nos depara y nos va mostrando.
Al escribir «Goundi, unas vacaciones diferentes», en 2009, me estrené por completo en la escritura testimonial. Narré mucho más que una experiencia solidaria en el Chad, ya que me metí de lleno en la problemática del desarrollo y subdesarrollo africano. Siempre con la esperanza, por aquel entonces, de que un día no muy lejano ya no fuera necesario ir a hacer cooperación a esa población africana u otras, porque los africanos habrían cogido las riendas de su responsabilidad en el mundo sanitario. Hoy, 2026, existen cuatro promociones de médicos chadianos bien formados en la Universidad del Hospital Le Bon Samaritain de N’Djamena, en Chad.

